Para mi abuelo, Silvino. 1945 - 2013
A quien cada día intento no olvidar.
Mirar hacia atrás
Mirar hacia adelante
Mirarse al espejo
Ser visto
Esto es una habitación.
Es un museo.
Es una colección.
Es mi mente.
Pero también trata de muchas otras cosas.
Es sobre algo que quise decir,
alguien a quien alguna vez fotografié.
Algo que alguna vez vi,
alguien que nunca respondió.
Algo que soñé,
alguien que seguramente me olvidó.
Algo con lo que nací,
alguien a quien no quiero olvidar.
Algo que escribí,
alguien a quien brevemente conocí.
Algo que sentí,
alguien a quien, tal vez, olvidé.
Este espacio soy yo.
Yo, que cambio cuando intento recordarme,
cuando me miro al espejo.
Yo, que antes era el registrado,
y ahora soy el que registra.
Aquí están las personas con las que me he cruzado,
las que se han ido
y las que han llegado.
Este palacio habla de lo que vi, pensé y recordé…
y tal vez también de eso que olvidé.
Soy yo, intentando entenderme.
O, al menos, darle sentido a lo que pasa por mi mente:
a los pensamientos,
a los tiempos que cambian,
a las ideas que surgen
y a los sueños que no siempre tienen sentido.
Un portarretratos vacío; atrás, una foto de una foto que me tomaron un día de junio.
Un jarrón para las flores que nunca me han dado.
En el cajón, los empaques de las pastillas por las que sufrí en algún momento de este año.
Al frente, retratos de documento de un yo que no recuerdo.
Atrás, otros documentos de personas con las que crecí.
Las imágenes de una autobiografía de la que a veces no me siento parte.
Varias conversaciones que sucedieron y otras que lo hicieron de otra forma.
Un balón de fútbol que nunca supe patear.
Esa mañana antes de irnos de viaje.
El día que me pidieron registrar.
La sala de una casa un domingo de noviembre.
Un segundo diente de leche.
Las olas del mar y una playa de arena blanca.
El funeral de una polilla, una noche de marzo.
Una conversación en una mesa, de cuando éramos amigos.
Una bicicleta que nunca supe montar.
El parque de al lado de tu casa y tu bicicleta celeste.
La tercera toma de un video que grabamos en dos mil veintidós.
Un breve instante de mí, casi encuadrado.
Un documental y la casa de tu abuela.
Dos orejas perforadas que siguen sin sanar.
Tus ojos vendados y un cumpleaños al que no estaba invitado.
Tus ojos azules antes de que cambiaras.
Un cumpleaños, un cumpleaños, un cumpleaños.
Tu cumpleaños número sesenta y cuatro.
Ese día en el que empezamos a hablar y varias noches a finales de junio.
Dos artistas y un día que no duró mucho.

Un momento fragmentado de unos instantes: yo.
Primero, una tarde después de leer el tarot.
Segundo, una mañana después de tejer, tejer y tejer.
Tercero, una noche de tú y yo, tú y yo, tú y yo.
Cuarto, una tarde en Odeón.
Quinto, una noche en una inauguración.
Sexto, un día de un festival de verano.
Séptimo, una noche de fiesta y el andén del Oxxo.
Octavo, una noche de tu cumpleaños número veinte.
Noveno, una tarde de viernes, aprendiendo a usar una cámara.
Décimo, una madrugada: un concierto una noche de junio y mi primera fiesta.
Decimoprimero y último, un día de primer semestre antes de ver una película, nosotros cuatro.
Una caja que mi mamá me hizo cuando estaba en preescolar. Unas botellas. Unos dientes de leche y un puñado de arroz salvaje.
En el primer cajón, los documentos de identificación.
En el segundo cajón, un viaje a Inglaterra en dos mil tres.
En el tercer cajón, las secuelas de una hospitalización, una caja azul y los moretones de una caída.
Unas flores de una revista, un mes antes de la primera hospitalización.
Un pañuelo ensangrentado de una mañana de viernes.
Una de muchas bolsas de solución salina.
Una cama de hospital que vi durante algún tiempo.
La sangre de una cortada en el pulgar con un riñón de metal.
Un documento de identidad.
Un diagnóstico a los cincuenta y seis años.
Una ecografía, un día antes de nacer.
Unas huellas tomadas minutos después de nacer.
Unos exámenes de deficiencia del factor VIII.
Un diagnóstico a los cuatro años.
Una radiografía panorámica.
Un jarrón con dos bolsas de solución salina, una unidad de sangre.

Un retrato que me pintaste.
Una nota de papel que encontré saliendo de clase y que no sé muy bien por qué guardé.
Una postal de Japón.
Una carta de mis amigas, de esos días de dos mil trece bajo cuatro palmeras.
Recortes de mi cantante favorita que me regalaste.
Un sobre que me dibujaste.
Una entrada a un museo, un sábado de agosto.
El certificado de adopción de mi último puffle.
Una carta de un amigo, a los once.

Tu fiesta de cumpleaños de payasos oficinistas.
Un día en casaPRIMA.
Planeando qué te narras.
La terraza del TX en tercer semestre.
El techo de tu casa y un día de reparaciones.
El lugar donde siempre te encontraba, un jueves de octubre.
Un andén después de un parcial.
Una casa en la cabeza, un lunes de noviembre.
Un perro instalado en una exposición.
El receso en la mitad de pintura básica.
Mi primer profesor de dibujo.
Una polilla muerta.
Una fiesta un viernes de mayo.
Un día en Odeón.
Nuestros zapatos después de hablar de obras toda la tarde.
Algo que vimos una tarde de sábado.
Tu taller en casaTIA.
Una exposición de fotografía a la que fuimos.

Las hojas arrancadas de un álbum rojo:
La boda de mis abuelos.
Los quince años de mi tío.
Mi abuela y su mascota.
Mi abuelo.
Mi mamá y mis tíos.
Las hojas arrancadas de un álbum azul:
Mi abuelo, mi mamá y yo con menos de un año.
Mi papá, mi tío y yo con un disfraz de Halloween.
Mi tío, mi tía, mis primos, mis papás y yo.
Mi mamá y yo en mi primer cumpleaños.
Yo y mi abuelo, mi abuelo y yo.
En diapositiva:
las obras de M, los títeres de mi mamá, Bogotá en los años noventa.
En negativo a color:
un viaje a los cinco años.
Mi primera sesión fotográfica cuando tenía menos de un año.
Fotos de documento de mi mamá; mi mamá y yo cuando tenía un año.
En negativo monocromo:
un domingo del dos mil veintitrés.
En telescopio:
la infancia de mi madre, de mis tíos y la juventud de mis abuelos.
La silla de madera y lana de oveja que me dieron de pequeño.
Las revistas de cocina que me regalaba mi tío.
El proyector de diapositivas que se fundió.
Títeres de Bogotá en los noventa
Una casita hecha de retazos, ensamblada con mucho amor y mucha ternura, de puntada en puntada, con hilo rojo, y amarillo, y gris.
Al interior, tres copas con tres escenas:
El cumpleaños número sesenta y cinco de mi abuelo.
El cumpleaños número treinta y ocho de mi mamá.
Mi cumpleaños número ocho.
Prólogo: intentando buscar la luz del sol.
Lado A.
Parte 1. Objeto y espacio.
1. E.
2. Un tren de pensamiento.
3. Sobre el retrato.
4. Sobre las habitaciones.
5. Los objetos y la poética del espacio.
Parte 2. Luz y tiempo.
6. Las cámaras y los muertos.
7. La imagen fantasma / imágenes residuales.
8. Aparecer y desaparecer.
Parte 3. Raíz y conciencia.
9. La maquina y el humano.
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Lado B
Parte 4. Yo.
11. Sobre el pensamiento (sobrepensar).
12. Un sueño.
13. Mirarse al espejo.
14. Tipo A.
15. Personas que vi.
16. Memoria autobiográfica deficiente.
Parte 5. Los otros
17. Referentes.
18. Una colección de cosas que vi/ bibliografía.
Parte 6. La obra
19. Varias interpretaciones de algo que tal vez olvidé.
Epílogo: el sol.
"Esa distancia de la que hablo también dice mucho sobre cómo uno recuerda, sobre cómo se articula un recuerdo y en qué momento adquiere peso emocional. Uno nunca sabe con certeza qué se va a quedar en la memoria; la mente es caprichosa y selectiva.
Las cosas tienden a acabarse, a mutar, a transformarse —y la memoria no es la excepción—. Pero creo que una de las cosas más dolorosas de estar vivo es precisamente ser consciente de eso: de que la felicidad que uno está sintiendo en un momento terminará, de que las personas se irán y de que todo, inevitablemente, cambiará.
Pienso en eso casi todos los días, desde hace años. Todo cambia. Todo cambia. Todo cambia. Es la naturaleza de la vida y del mundo. Pero, aun así, ¿quién no querría disfrutar un poco más? ¿Pasar un rato más con alguien que ya murió, revivir una tarde con un amigo con el que ya no me veo o hablar algunas noches más con alguien a quien apenas estaba conociendo?"
Capítulo 16. Memoria autobiográfica deficiente, página 177.
Varias interpretaciones de algo que tal vez olvidé es un autorretrato a través de una habitación que actúa como reflejo de mi mente: un palacio de la memoria dividido en tres niveles que existen simultáneamente. Es un juego de miradas sobre las cosas, las personas y los momentos que he visto, pero también sobre cómo me han visto. Una exploración de la naturaleza efímera de los recuerdos y del acto mismo de recordar.
El primer nivel, objeto y espacio, es la puesta en escena de una habitación: fotografías, material de archivo propio y bodegones construidos a partir de objetos personales conforman una memoria material estática.
El segundo nivel, luz y tiempo, es una intervención de esa misma escena mediante el video, la proyección, la imagen fantasma y el sonido. Aquí todo muta, cambia, aparece y desaparece. A partir del tiempo se teje un relato hecho de fragmentos, de momentos, de imágenes pobres y de material intervenido.
Finalmente, el tercer nivel, raíz y conciencia, se materializa en una página web que explora la plasticidad de los recuerdos a través de una analogía entre el código y lo digital: una reflexión sobre mí mismo y mi forma de recordar mediante el lenguaje de las máquinas. Habla de lo que permanece en el inconsciente: la repetición, la fragmentación y lo que no se dice. Indaga en aquello que a simple vista no se ve y solo aparece cuando se decide interactuar.
Dirección, realización y curaduría
Emmanuel Cubillos Nieto
Registro de la obra
Emmanuel Cubillos Nieto
Oficina de Comunicaciones & Gestión cultural,
Facultad de Artes y Humanidades,
Universidad de Los Andes
Jurados
Ana María Montenegro Jaramillo
Mayra Valeria Carbajal Silva
Asesoría
María Margarita Jiménez Villalta
Formato
Instalación audiovisual multicanal